Esta mañana tenía que ir a mi antigua empresa para arreglar un tema que había quedado pendiente, ya sabéis... los típicos flecos.
Decir que no me apetecía demasiado es casi absurdo mencionarlo, pero además tenía una sensación en el pecho como de vacío, nada agradable. Mientras me maquillaba frente al espejo he dicho para mi "me estoy poniendo las pinturas de guerra", y este pensamiento algo tonto me ha dado ánimos. Porque en ese momento he sentido que no tenía porque encontrarme mal, que yo no he hecho nada malo y que debía presentarme allí (ya que las ideas las tenía claras) con el ánimo y empuje para llevarlas a cabo.
El resultado... satisfactorio. Tenía claro que ahora hay que dar los "pasos administrativos" como yo los llamo, pero hacerlo se me estaba haciendo cuesta arriba. Luego viene la Navidad. Y NADIE ME LA VA A AMARGAR. ¡Que para eso llevo esperándola todo el año! Y las que me acompañáis desde hace algún tiempo sabéis que me chifla y que soy una activista pro-navidad.
Pero luego... han llegado los agobios. Porque claro, tienes la cabeza en otra cosa y no había caído que este domingo (dentro de 6 días) reunimos a los amigos en casa para la fiesta de puesta del árbol. Y ni he terminado el calendario de adviento, ni mi bota, ni he comprado los regalitos, ni los ingredientes para el experimento culinario anual... estoy hiperventilando.
Os pongo fotito de los bolsillos que esos SI los tengo acabados. Han quedado mejor de lo que pensaba dado que tuve que deshacer el bordado de los números original, que no me convencía nadita.
Llegados a este punto, me he acordado de una palabra mágica que me enseñó mi mamá hace años. Organización. No es un conjuro especialmente difícil, y seguro que la mayoría de vosotras lo conocéis. Así que desde ya, me pongo a ello. Ya os contaré los progresos.
Nos leemos.